Hoy habían sido solo cuatro clientes. Cuatro. Y ninguno había sabido tocarla de verdad. El primero, un ejecutivo nervioso, se corrió en menos de cinco minutos después de un polvo apresurado, protegido, sin mirarla a los ojos. El segundo quiso solo una mamada, agarrándole el pelo con fuerza innecesaria mientras ella tragaba su semen amargo sin placer. El tercero la folló por detrás con embestidas mecánicas, azotándole el culo como si eso bastara para excitarla. Y el cuarto... el cuarto había sido el peor: prometió mucho con palabras calientes, pero su lengua era torpe, su polla blanda a ratos, y al final se corrió en su vientre sin haberle arrancado ni un solo gemido auténtico.
Cuatro pollas habían pasado por su coño, por su boca, por sus tetas. Y su cuerpo seguía ardiendo, hinchado, pidiendo más. Su clítoris palpitaba bajo las bragas húmedas, sus labios mayores hinchados, sensibles al roce de la tela. Se miró en el espejo del recibidor: el vestido negro ajustado, los pechos altos, los pezones marcados. Estaba guapísima, cachonda, sola.
Se sirvió una copa de vino tinto. Lo bebió despacio, de pie en la cocina, sintiendo cómo el alcohol bajaba caliente por su garganta y se extendía por su pecho. Dejó la copa en la mesa y se fue al dormitorio. Encendió solo la lámpara de la mesilla, luz ámbar que bañaba la cama en tonos dorados. Se quitó el vestido con movimientos lentos, como si alguien la estuviera mirando. Quedó en lencería negra: sujetador de encaje que apenas contenía sus tetas generosas, tanga minúsculo que se hundía entre sus nalgas redondas.
Se tumbó en la cama boca arriba, abrió las piernas. Sus manos bajaron instintivamente al tanga. Lo apartó a un lado y tocó su coño depilado. Estaba empapado. Los labios resbaladizos, el clítoris duro como una perla. "Joder, qué cachonda estoy", murmuró para sí misma, con voz ronca.
Empezó despacio. Dos dedos deslizándose por la hendidura, recogiendo su flujo, untándolo arriba y abajo. Rozó el clítoris con la yema del índice, en círculos suaves. Cerró los ojos y se imaginó una boca experta entre sus piernas. No uno de los de hoy. No. Se imaginó a aquella mujer del verano pasado, la que la había comido durante horas en la playa de Málaga, lamiéndole hasta hacerla chorrar tres veces seguidas.
Apretó más fuerte. Metió dos dedos dentro de su coño, que los acogió con un chasquido húmedo. Los sacó brillantes, los llevó a la boca y los chupó, saboreando su propio jugo salado y dulce. Volvió a meterlos, más profundo, curvándolos hacia arriba para rozar ese punto que la volvía loca. Con el pulgar frotaba el clítoris sin piedad.
Sus caderas empezaron a moverse solas, elevándose de la cama. "Sí... así... fóllame, cabrona", se dijo en voz alta. Se quitó el sujetador, liberando sus tetas grandes. Pellizcó un pezón con la mano libre, lo retorció hasta que dolió rico. El placer subía en oleadas.
Cambió de postura. Se puso a cuatro patas sobre la cama, culo en alto, cara hundida en la almohada. Con una mano se tocaba el coño desde atrás, metiendo tres dedos ahora, follándose fuerte. Con la otra se humedeció el dedo medio en su flujo y lo llevó al ano. Lo presionó despacio, lo introdujo hasta el segundo nudillo. El doble estímulo la hizo gemir alto.
"Quiero una polla gorda en el coño y una lengua en el culo", gruñó, perdida ya en su fantasía. Imaginó que estaba en la casa, pero esta vez con un cliente que sabía follar de verdad. Uno que la ponía a cuatro, le comía el ojete mientras la masturbaba, y luego la penetraba sin condón, duro, profundo, hasta llenarla de leche caliente.
Sus dedos volaban. El sonido de su coño chorreando llenaba la habitación: chap-chap-chap. El clítoris estaba hinchado al máximo, sensible, a punto. "Me voy a correr... me voy a correr como una puta...", jadeó.
Y llegó. El orgasmo la golpeó como un tren. Su coño se contrajo alrededor de sus dedos, un chorro caliente salió disparado, mojando las sábanas. Gritó sin vergüenza: "¡Sí, joder, me corro! ¡Toma mi chorro, cabrón!". Sus piernas temblaban, el ano se apretaba alrededor del dedo, las tetas se balanceaban pesadas.
Pero no paró. Estaba demasiado caliente. Sacó los dedos empapados, los lamió de nuevo, y buscó en la mesilla su juguete favorito: un vibrador grueso, de silicona realista, con venas marcadas y un succionador de clítoris en la base.
Lo encendió. El zumbido bajo llenó el silencio. Lo untó con su propio flujo y lo apoyó en la entrada de su coño. Lo introdujo despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la estiraba. "Qué gorda... qué rica...", murmuró.
Lo metió hasta el fondo y encendió el succionador contra su clítoris. La sensación fue brutal: vibración profunda dentro y succión rítmica fuera. Embestía con el juguete, follándose sola con fuerza, imaginando que era una polla de verdad, que alguien la estaba usando sin piedad.
Se tumbó boca arriba otra vez, piernas bien abiertas, el vibrador entrando y saliendo rápido. Sus jugos corrían por el culo, empapando todo. Se pellizcaba los pezones, se mordía el labio. "Fóllame más fuerte... rómpeme el coño... lléname de leche...", repetía como un mantra.
El segundo orgasmo llegó más rápido y más intenso. El succionador la volvía loca. "¡Me corro otra vez! ¡Joder, sí, sí, sí!", gritó, arqueando la espalda. Otro chorro salió, más abundante, salpicando su vientre y las tetas. El vibrador seguía dentro, vibrando, prolongando el placer hasta casi el dolor.
Lo sacó despacio, temblando. Se llevó el juguete a la boca y lo chupó, limpiando su sabor. Luego se quedó allí, desnuda, sudada, satisfecha por fin. El cuerpo relajado, el coño palpitando suavemente, los pezones sensibles.
Fuera, la ciudad estallaba en campanadas de medianoche. 2026 empezaba. Lola sonrió en la penumbra. Se había dado el mejor regalo de fin de año: placer puro, sin intermediarios, sin prisas, sin egoísmos ajenos.
Se levantó, fue al baño, se duchó con agua caliente, acariciándose una última vez bajo el chorro. Se puso un camisón suave y se metió en la cama, oliendo aún a sexo.
Durmió profunda, con una sonrisa en los labios y el coño feliz.
Continuara...

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